Abstract
Una de las características fundamentales del relato histórico sobre las rebeliones indígenas consiste en privilegiar la perspectiva de la ruptura sobre cualquier otra consideración. En este tipo de conflictos, aparecen por supuesto dos grupos antagónicos claramente definidos, los españoles y asimilados, por un lado, y los indios "rebeldes", salidos de la real obediencia, por el otro. Ambos grupos serán definidos en este relato como dos entidades claramente identificadas y, las más veces, irreductibles la una a la otra. De modo que, muchas veces, toda iniciativa bélica indígena contra la dominación colonial se interpretará como un rechazo por parte de "los indios" de todo "lo europeo". Según esta perspectiva, la guerra indígena no será sino el último estremecimiento de un orden tradicional que se siente amenazado, el rigor mortis de una tradición pensada como una substancia limitada en su composición e incapaz de mutación alguna. No es éste el lugar para hacer una genealogía de esta visión de los movimientos de resistencia indígenas del periodo colonial. Nos limitaremos a reconocer en ella la lejana prolongación acrítica de las coordenadas que definían entonces la categoría genérica de "rebelión indígena", una categoría perteneciente a la problemática del mantenimiento del orden y a la 1 El mejor representante de esta perspectiva combativa del frente misionero del norte de MÈxico es probablemente el jesuita AndrÈs PÈrez de Ribas, autor de un compendio monumental de tÌtulo bastante explÌcito: Historia de los triumphos de nuestra Santa Fee entre las gentes m·s b·rbaras y fieras del nuevo orbe, publi cada en 1645. En resumidas cuentas, este enfoque esquemático sobre el enfrentamiento entre indios y españoles no permite rendir cuenta de los intercambios entre unos y otros, ni de las interacciones entre la dominación de los unos y la resistencia activa de los otros. Deja la impresión de que unos indios eternos rechazan, en una gesta atemporal de rebeldía, todo elemento exógeno, con el único fin de restaurar un orden primordial no contaminado por la conquista. El caso que vamos a presentar se encuentra en las antípodas de este modelo de explicación. El desarrollo de la guerra, la forma de los combates, los elementos y los actores que ésta pone en juego demuestran de manera ejemplar que no se puede reducir este movimiento al estremecimiento reaccionario de una "cultura" tepehuana hermética que se siente amenazada por la desaparición. La guerra, incluso en su aspecto más radical de extirpación de la dominación española, es decir en las mismas profecías milenaristas que la provocaron -las cuales borran literalmente a los españoles, excluyéndolos de la era de felicidad que anuncian-nunca deja de llevar la marca de la experiencia colonial. Un examen detenido de la ofensiva indígena revela que, si bien la ruptura buscada es de índole política, no constituye en absoluto un frío rechazo de los elementos culturales occidentales: éstos, muy al contrario, vienen a formar en gran medida el movimiento de destrucción de la sujeción colonial. Se tratará por lo tanto en este trabajo de analizar la subversión efectuada por los indios de los elementos estructurales de las relaciones de dominación colonial en su práctica guerrera. En otras palabras, nos proponemos mostrar cómo toda una serie de saberes, de actitudes y de prácticas que formaban parte de lo cotidiano de la convivencia colonial, y que remitían al marco de vigilancia y de explotación que la caracterizaban, vuelven a aparecer, autonomizados y claramente integrados en el arsenal destructor de los indios. Mapa: El territorio de la guerra (Nueva Vizcaya, Sinaloa y parte de Nueva Galicia en los primeros años del siglo XVII) 1. La guerra: noviembre de 1616 232 Christophe Giudicelli siguiÛ las pautas siguientes: un nuevo ìdiosî 6 hacÌa llegar sus manda tos por medio de una pequeÒa estatuilla, aparentemente de piedra, a uno o varios indios. Estos profetas se encargaban de interpretar y di fundir el mensaje de pueblo en pueblo. Sin embargo, a pesar de la amplia circulaciÛn de este mensaje, 7 ninguna indiscreciÛn puso sobre aviso a los espaÒoles. Se debe buscar sin duda la explicaciÛn de tan obcecado silencio en las caracterÌsticas mismas del mensaje profÈtico, que imponÌa una ruptura total y absoluta con esta clase de interlocuto res. Su contenido no podrÌa ser m·s claro: el fin de este mundo es inminente y hay que precipitarlo matando a todos los espaÒoles. Inte rrogado antes de su ejecuciÛn, en la misiÛn destruida de El Zape, un prisionero de nombre Antonio atribuye estos mandamientos sin equÌ voco al nuevo dios: [...] su Dios le manda maten a todos los espaÒoles sin dejar ninguno a vida, y que si alguno dellos muriere, que a cavo de pocos dÌas a de resu citar, y que a de venir un gran dilubio de mucha agua y que se an de aho gar todos los espaÒoles sin que quede ninguno, y que su dios les tiene guardado una parte donde se an de guarecer de donde an de salir en aca v·ndose todos los espaÒoles, y se an de quedar con toda la tierra. 8 Si exceptuamos algunos detalles, este ˙ltimo testimonio confirma punto por punto la declaraciÛn de otro preso, tambiÈn levantada in articulo mortis, ante el patÌbulo, en los primeros dÌas del alzamiento, en la estancia de La Sauceda. Este otro preso, llamado Francisco: [...] dijo e depuso que estando en el pueblo de la Sauceda abia benido a Èl un yndio biejo llamado Mateo del pueblo de Otinapa y que le abÌa dicho que Èl era Dios, que se alÁassen y que traya cartas del cielo diÁiendo que se abÌa de perder el mundo [Ö] y que dentro de siete dÌas se hiziesse lo que les mandaba que hera matar a todos los espaÒoles [Ö] y que al dicho yndio Mateo es a quien an creydo, y por su mandado an hecho todas las 6 Somos tributarios de la traducciÛn de este concepto en los textos espaÒoles. 7 Las profecÌas llegaron a abarcar, en el momento del conflicto, un territorio muy extenso: se recibieron sus ecos a lo largo y ancho del territorio luego agitado por la guerra, desde la sierra del sur del actual estado de Chihuahua hasta pr·ctica mente las costas del de Nayarit, en la regiÛn suroccidental de Acaponeta y de las regiones semidesÈrticas del BolsÛn de MapimÌ, al este, hasta los valles del norte de Sinaloa, en la vertiente occidental de la Sierra Madre. Una carta de Diego MartÌnez de Hurdaide, capit·n de Sinaloa, del 4 de marzo de 1622, nos informa de rastros manifiestos de las profecÌas tepehuanas entre los lejanos indios yaquis de Sonora todavÌa varios aÒos despuÈs del final del conflicto; AGNM, Hist. 316, exp. 4. 8 ConfesiÛn de Antonio, ibÌd., ff. 28r-29v. Hasta los días inmediatamente anteriores al estallido de la guerra, toda la provincia de la Nueva Vizcaya parecía prometer una paz relativa y hasta llamada a conocer cierto desarrollo, gracias al desvanecimiento del espejismo de un nuevo México, cuyas fantásticas promesas habían llevado a los conquistadores siempre más al norte hasta ese momento. La provincia de Nuevo México, fundada en 1600, se había revelado estéril y desolada, de modo que los colonos tendieron a asentarse más en la Nueva Vizcaya, desistiendo de aventuras más septentrionales. Tanto la minería como las explotaciones agrícolas, y singularmente la ganadería, estaban conociendo un notable auge, gracias a lo que podríamos llamar una estabilización de la frontera, permitida por un control efectivo de la mano de obra indígena, distribuida según todas las modalidades legales existentes, como ocurría entonces generalmente en los confines del Imperio español de América. 2 El equilibrio de la provincia se fundaba esencialmente en la estrecha complementariedad entre, por un lado, la fuerza de las armas, ejercida por los colonos y las autoridades provinciales y, por otro lado, una red misionera de reciente y fulgurante instalación que se extendió a todo el territorio en apenas quince años. Durante estos años, los jesuitas, además de su papel espiritual, muy limitado por evidentes razones prácticas (Hausberger 1999), fueron los artífices de la fijación de las poblaciones indígenas conquistadas o "pacificadas", reducidas en los pueblos de misión que administraban, la mayoría de las veces próximas a los establecimientos coloniales. Su red bastante densa de pueblos y "visitas" actuó como un eficaz dispositivo concreto de la dominación española, y fue una pieza fundamental en la construcción efectiva y simbólica de la frontera. 3 Muy pronto, la expansión de sus misiones, extremadamente organizadas y compartimentadas, contribuyó también notablemente a la clasificación de los indios en una serie de "naciones", y, por tanto, a la construcción del conocimiento aproximado necesario a la vigilancia y al control del mundo indígena. Así que, para los primeros años del siglo XVII, parece imponerse un ejercicio tranquilo y regulado de la dominación, que los ataques de noviembre de 1616 vienen a sacudir violentamente, contra toda esperanza. El caso es que, en las dos últimas semanas de noviembre de aquel año, la guerra se impone a toda la Nueva Vizcaya. Los tepehuanes y sus aliados atacan simultáneamente a los españoles en un territorio inmenso, que corresponde a la casi totalidad del actual estado mexicano de Durango y parte del de Chihuahua. Esta guerra relámpago agarra a los neovizcaínos totalmente desprevenidos, de modo que los primeros ataques tienen un efecto realmente devastador para la provincia: casi toda su infraestructura se ve arrasada por el embate. En unos pocos días prácticamente todos los establecimientos coloniales quedan arruinados, asolados y saqueados. La población de estos establecimientos, primer objetivo militar de los indios, es duramente afectada por los ataques. A finales de noviembre, de hecho, varios centenares de personas -los españoles y su gente de servicio-se encuentran cercadas en las iglesias de los principales centros mineros, en las estancias más importantes o en las misiones jesuitas. Si algunos logran resistir a duras penas, otros no tienen esta suerte y desaparecen, sistemáticamente masacrados. Es el caso en particular de los asediados en Santiago Papasquiaro y El Zape. De las matanzas perpetradas en esos dos pueblos de misión sólo sobrevivieron unos cuantos que lograron arrastrarse hasta Durango y La Sauceda, adonde llevaron la noticia de lo que había pasado. 4 En la capital de la provincia, Guadiana o Durango, la situación que prevalece no es mucho más brillante: cunde el pánico, los vecinos degüellan preventivamente a varias decenas de tepehuanes, y se fortifican, pero sin poder en ningún momento salir al socorro de los sitiados de la "tierra adentro". 5 a extrema violencia que caracterizó esta primera ofensiva de noviembre de 1616, así como su carácter repentino, responden a las exigencias milenaristas que animaban el movimiento y determinaron en última instancia el paso a la acción de los tepehuanes y sus aliados. En los meses que precedieron al conflicto abierto, en efecto, un mensaje profético recorrió los pueblos indígenas de la región, esbozando los contornos de lo que iba a ser el mapa de la guerra. El movimiento siguió las pautas siguientes: un nuevo "dios" foot_5 hacía llegar sus mandatos por medio de una pequeña estatuilla, aparentemente de piedra, a uno o varios indios. Estos profetas se encargaban de interpretar y difundir el mensaje de pueblo en pueblo. Sin embargo, a pesar de la amplia circulación de este mensaje, foot_6 ninguna indiscreción puso sobre aviso a los españoles. Se debe buscar sin duda la explicación de tan obcecado silencio en las características mismas del mensaje profético, que imponía una ruptura total y absoluta con esta clase de interlocutores. Su contenido no podría ser más claro: el fin de este mundo es inminente y hay que precipitarlo matando a todos los españoles. Interrogado antes de su ejecución, en la misión destruida de El Zape, un prisionero de nombre Antonio atribuye estos mandamientos sin equívoco al nuevo dios: [...] su Dios le manda maten a todos los españoles sin dejar ninguno a vida, y que si alguno dellos muriere, que a cavo de pocos días a de resucitar, y que a de venir un gran dilubio de mucha agua y que se an de ahogar todos los españoles sin que quede ninguno, y que su dios les tiene guardado una parte donde se an de guarecer de donde an de salir en acavándose todos los españoles, y se an de quedar con toda la tierra. 8 exceptuamos algunos detalles, este último testimonio confirma punto por punto la declaración de otro preso, también levantada in articulo mortis, ante el patíbulo, en los primeros días del alzamiento, en la estancia de La Sauceda. Este otro preso, llamado Francisco: [...] dijo e depuso que estando en el pueblo de la Sauceda abia benido a él un yndio biejo llamado Mateo del pueblo de Otinapa y que le abía dicho que él era Dios, que se alçassen y que traya cartas del cielo diçiendo que se abía de perder el mundo […] y que dentro de siete días se hiziesse lo que les mandaba que hera matar a todos los españoles […] y que al dicho yndio Mateo es a quien an creydo, y por su mandado an hecho todas las muertes y alçamientos que al presente ay […] y que el tatole que a corrido es éste y lo saben todos los de su nación. foot_8 conclusiÛn provisional que parece desprenderse de este escenario de muertes y destrucciones es por supuesto que el estallido de la gue rra pronuncia el acta de defunciÛn de la convivencia colonial, al ser una expresiÛn muy clara, tanto concreta como ideolÛgica, del rechazo por parte de los indios de la presencia espaÒola y de su dominaciÛn. La ruptura es total y absoluta, hasta el punto que, las nuevas creencias milenaristas mediante, los indios se adjudican un espacio de vida y de muerte en el que no hay lugar para los espaÒoles. Llegados a este punto, cabe una precisiÛn muy importante: si el mensaje milenarista anuncia la desapariciÛn de los espaÒoles y exige que se participe activamente en su destrucciÛn como condiciÛn de la renovaciÛn de un mundo reservado a quienes sigan sus preceptos, la pr·ctica de los guerreros invita inmediatamente a disociar la meta polÌtica expresada, en tÈrminos escatolÛgicos, del trasfondo sociocul tural movedizo que anima la guerra. El cataclismo regenerador desen cadenado por los indÌgenas no implica, ni mucho menos, una renuncia a los aportes tÈcnicos, a los saberes y a las pr·cticas nacidas del con tacto colonial. Al contrario, todas estas herencias figuran como vecto res de la guerra, y todo indica que los combates buscan, en gran medi da, reforzar el control que los indios tienen sobre ellas y afirmar su toma de posesiÛn. Al respecto, notaremos que la participaciÛn de los mestizos cultu rales en el movimiento fue masiva, por no decir que imprimiÛ una orientaciÛn determinante tanto a la forma de los combates como a la definiciÛn de los objetivos que Èstos perseguÌan. Los colonos entraron en p·nico ante estos autÈnticos monstruos culturales, a los que consi deraban con razÛn como una verdadera quinta columna (Giudicelli en prensa), en la medida en que aseguraban una continuidad permanente entre los enclaves coloniales, en los que vivÌan, y los inmensos hinter land donde la dominaciÛn de las instancias coloniales no se ejercÌa 9 DeclaraciÛn del indio Francisco, AGI, Guad. 8, R. 11, N. 47: Autos que se se guÌan contra los yndios de la naciÛn tepeguana por averse alÁado y rebelado, ff. 40r-41r.
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